(¿Existe una
política cultural regional?)
Por Guillermo Rebaza Jara
Hace unos días se inauguró,
por todo lo alto, en el Centro Cultural Constante Traverso, la ya célebre
muestra “Cuando la gráfica es amarga” del artista Álvaro Portales. Es la misma
exposición que fuera CENSURADA por el señor David Calderón, director de la Casa
de la Identidad Regional.
Lejos de las patéticas excusas
que ofreció, vale preguntarse qué razones de fondo llevaron a este funcionario
a tomar esta medida. Nadie lo sabe, quizá nunca se sepa, pero en cualquier caso
esa infame decisión forma parte ya de una extensa lista de agravios colectivos
perpetrados desde el poder, y que, en este caso, ofende precisamente aquellos
valores que destacan nítidamente en la obra de Portales: memoria, dignidad,
resistencia. Y también humor negro.
Pero si alguna lástima
provoca esa visión profundamente reaccionaria de las altas instancias del
gobierno regional –pues finalmente desde arriba se permitió tan descarada censura–,
igual o mayor preocupación debiera despertar en la ciudadanía la situación en
que se encuentra ese histórico inmueble, otrora conocido como “Centro Viejo”.
Veamos.
El año 2010 el Gobierno
Regional de La Libertad y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD) suscribieron un Convenio de Asistencia Técnica denominado “Proyecto
0058325-Centro Viejo – Casa de la Identidad Regional de La Libertad”.
Posteriormente, el año 2013, se formuló el proyecto “Implementación de los
Servicios Turísticos de Observación e Interpretación de la Cultura Liberteña en
la Casa de la Identidad Regional” (código SNIP 263547).
Más allá de formalismos, que
se manejan en ciertas instancias del Estado, el objetivo fundamental consistía
en ofrecer a la comunidad un gran espacio físico que exponga los procesos de
evolución de las comunidades de esta región, desde sus orígenes hasta nuestros
días, constituyéndose pues en un magnífico lugar de encuentro, convivencia y
reflexión hacia el Bicentenario de la República. Un museo, vamos. Pero un museo
vivo, interactivo, con los últimos avances de la tecnología, al mejor estilo de
los que tiene Lambayeque, para no ir a Ecuador o Colombia, que lejos nos
quedan. Por ahora, estimado lector, ese lugar no existe.
En efecto, seis años
después, nada de aquello se ha hecho. A duras penas se ha restaurado esta
casona –y mal–. Los pisos lucen chirriante porcelanato y, por increíble que
parezca, no hay baños donde el respetable acuda a hacer sus necesidades. Y desde
su repentina inauguración, hace unos dos años, la Casa de la Identidad Regional
se está usando para actividades que no están necesariamente dentro de sus fines.
La mayoría de eventos programados son, hay que decirlo, mediocres (no todos,
por cierto), y evidencian un manejo errático y distante de la visión que
propuso el proyecto original, donde intervino un equipo profesional del más
alto nivel.
Así estamos con esta
iniciativa que un día fue. En nada, o casi en nada. Y hasta el momento no
sabemos qué esperan los consejeros regionales para pedir cuentas al responsable
de este proyecto, que, demostrado está, le da por meter su cuchara donde no debe
ni sabe. Hace rato que debería estar en su casa y en ayuno, a ver si algo va
aprendiendo de gestión cultural.
T/20/12/2016
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